"Pues... Yo te veo igual que siempre. Y siempre has estado guapísima"


Un día dije que de nada servía que me haya tatuado en la piel que no tengo miedo. Que no servía de nada.
Hoy me retracto de esas palabras, porque, como la soñadora que soy, sé que me entinté eso para hacerlo un decreto, para declarar que NO TENGO MIEDO.
A veces creo que no es del todo cierto, pero también sé que no es casualidad haberse tatuado eso un día antes de conocerle.
Hablo de él, el que me dijo el título de esta entrada, el que bailó conmigo un rato, el que intentó hacerme olvidar de otras personas y no lo logró, el mismo al que regresé, el que se metió en este vaivén conmigo, del que no sé si saldremos vivos.
Y escribo todo esto, porque tanto en mi campo personal, como laboral y etcéteras, el decreto se ha cumplido. Paulatinamente, pero se ha cumplido, parece que fue ayer cuando era la niña que, asustada, se dirigía a cierto despacho de abogados y temblaba con sólo pensarlo. Hoy no me parezco en nada a la niña que se asustaba por no recibir una llamada, por no contestar un mensaje, aprendí a dar mi nada por un todo, en lugar de hacerlo al revés, hoy, si no me llaman, llamo y si no me contestan, está bien, nadie se murió por ello. Hoy en día si extraño a alguien, le busco, si quiero hablar con alguien, voy a verle, me paro en la puerta de su casa y le hablo, que nada tengo que perder, y a veces, hay que ser osado.
Aún temo, claro, si no lo hiciera, no sería humana, pero ya no dejo que el miedo me consuma, ahora dejo que me guíe, si siento miedo al hacer algo, significa que estoy haciendo lo correcto. Nadie es capaz de tomar una decisión sin miedo. Si siento miedo, significa que estoy arriesgando y si nos apegamos a aquel refrán, por ende, también significaría, que estoy ganando.
El miedo sigue ahí, claro, pero ya no me domina. Hace muchos meses que no.

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